lunes, 7 de mayo de 2012

El lado Oscuro de India


Muchas veces me dio la sensación de que la india estaba perdiendo su espiritualidad, si es que alguna vez la tuvo. Verdad es que la gente es afable, respetuosa, encantadora, cercana y muy familiar, pero bajo esa falsa apariencia de exagerada cortesía, casi siempre, se esconde una devoción aun mucho mayor por el dinero. En efecto, por encima de shivas, hanuman y demás dioses indios, reina la corrupta rupia. La codicia y la fiebre por poseer estos mugrientos billetes no tiene límites. Todo el país se ha convertido en un inmenso mercadillo que va desde las sedas mas lujosamente enhebradas, hasta los vendedores de chay y cacahuetes de las estaciones de tren. Todo ello al grito de Allo! Allo! Yes Sir?. No digamos ya los Sadhus o Babas, venerados también por su austera existencia y su mística sabiduría; el 95% no hacen otra cosa que tenderte la mano para pedir dinero. Es verdaderamente, triste.




Unido a ello, nos encontramos un parque temático, que poco tiene que ofrecer una vez ha sido degustada su atracción principal, es decir, el todo. Porque este "todo", se repite por doquier, conformando una realidad que termina por agobiar y cansar. Templos, callejuelas con encanto, divertidos monos, bazares multicolores cuajados de textiles, especias y bisuterías, niños y viejecitas entrañables y sonrientes, comida a bajo precio..todo a bajo precio.., si, de acuerdo, pero la oferta es escasa, y exceptuando ciertos matices, como decía, es repetitiva. Si a todo ello le añadimos la terrible contaminación, que llega hasta ahogar en algunas ciudades, el insoportable trafico, tanto por el ruido de los infernales cláxones que nunca cesan de pitar, como por el toxico y mareante bullicio que genera, y la pesadilla que suponen los eternos desplazamientos en trenes y autobuses abarrotados y sucios (alrededor de 216 horas acumulan mis maltrechos huesos en estos medios de transporte), así como las largas esperas en las estaciones, la India, deja pronto de ser un paraíso, para convertirse en un infierno. Y digo esto, sin contar con los contratiempos, las mas que probables diarreas, los mosquitos, los malos olores, la basura callejera y, como no, la presencia de aquellos que intentan sacarte los cuartos o sencillamente la de aquellos pesados que buscan conversación, seguramente por mero aburrimiento, y son incapaces de ver un blanco sin cerrar la boca. Todo ello, claro, empeora si uno viaja de mochilero y con un presupuesto ajustado, que es a mi modo de ver, la manera mas autentica de experimentar este lugar.



Vodafone también hace de las suyas por aqui. Conviértete en un autentico gilipollas, sé un "Chico BlackBerry"


Por otra parte, la cultura emergente es no sólo cutre, sino patética, y una copia sin filtros del capitalismo corporativo occidental. Basta con encender la televisión para sufrir el bombardeo constante e implacable de anuncios consumistas, películas Made in Bollywood sencillamente lamentables, canciones de moda infumables o multitud  de engreídos y endiosados gurús de pacotilla, soltando estúpidas charlas que las multitudes siguen enfervorizadas en templos o pabellones. Además, parece haber 4 o 5 modelos y pseudoactores elegidos al dedillo, que aparecen en la pequeña pantalla copando protagonismo una y otra vez, anuncio si, anuncio también. Una especie de dioses medianamente guap@s y con cuerpos esculturales, creados de la nada, con objeto de mantener a la ingente masa en la inopia y con la baba colgando.




No es difícil de imaginar el daño que toda esta marea está infligiendo a la vieja india, consolidando la nueva, capitalista y superficial realidad que va tomando forma en una sociedad con profundos problemas y crecientes desigualdades. Además, cuando uno ve la realidad a pie de calle, se pregunta que porcentaje de la población india sera capaz de llevar el tren de vida que vomitan los MassMedia a todas horas. Un utópico tren de vida. Deben de ser del orden de un 1%, currantes a sueldo en las grandes compañías, que vivirán ahogados en un mar de letras en los barrios medianamente ricos de Mumbai. El resto, se contentan con tener un Nokia con la memoria cargada de extenuantes canciones, con las cuales van atronando por todas partes a todo volumen, y los mas afortunados, con una moto Honda Hero o Royal Enfield, con la cual recorren kilómetros de calle sorteando Rickshaws, perros famélicos y turistas despistados como monigotes.


John Abraham, el nuevo y denteroso sex symbol e ídolo de masas. Otro vendido que nos encontramos hasta en la sopa...


Dicho esto, la India esta bien, es divertida, entretenida, curiosa, siempre que se tome con moderación y con mucha paciencia. De lo contrario abstenerse, porque termina agotando. Estamos ante un país emergente que se consume como la marabunta a una velocidad atroz, y una víctima más del desarrollismo corporativo y desigual. Otra cosa, si buscáis naturaleza virgen, buenas playas y cielos limpios y despejados, tampoco tendreis demasiada suerte, a no ser que os perdáis en el desierto de Rajasthan y os licuéis como un polo, o decidáis marchar al norte, muy cerquita de las montañas. Lo único que veréis, en su defecto, son cielos grisáceos y árboles mortecinos con las hojas cubiertas de polvo.

domingo, 6 de mayo de 2012

Mararikulam: El Reino de Dios




De todos los lugares de la India en los que hasta la fecha he permanecido, en ninguno de ellos me había sentido tan cerca de mi hogar o de mis seres queridos como en el desperdigado pueblecito costero de pescadores de Mararikulam, en Allepey. Si buscaba un remanso de paz y armonía, realmente conseguí encontrarlo en este lugar, que permanecerá en lo más profundo de mi ser para siempre. No llegué aquí por casualidad, escapando del infierno urbano de Cochín. Fue la promesa de arena blanca, mar azul, sol y palmeras, la que finalmente dió con mis huesos aquí. En cierto modo, había leído con avidez la recomendación que hacía  National Geographic sobre Marari beach, catalogándola como una de las 10 mejores playas paradisíacas del mundo, y dejado seducir, también, por varias fotografías retocadas sin duda con ayuda de photoshop.  De lo primero, no encontré demasiado. La arena era mas o menos blanca, si, pero salpicada por ronchones y manchas negras de petróleo por todas partes. De lo segundo, tampoco. El mar no era ni mucho menos del azul de riviera maya con el que soñaba, sino mas bien verdoso, batido e increíblemente turbio. Tan turbio, que no te veías las manos a un palmo de distancia. Lo tercero, encontré mas de la cuenta, ya que sufrí  importantes quemaduras el primer día, que tardaron en curar una semana. Por ultimo, las palmeras, quizá lo único que cumplió mis expectativas a nivel paisajístico, pues estaba cuajado de ellas por todas partes, siendo el coco, junto al arroz, el casabe de yuca y el anacardo, uno de los productos agrícolas característicos de la región.



Pero sin duda, es la pesca el medio de subsistencia tradicional de este pueblo. Pesca rudimentaria, pero efectiva, teniendo en cuenta la gran cantidad de pequeños peces que las redes artesanales extraían del océano cada día, en su mayoría, sardinas. De estos, tan solo probé en dos ocasiones, y tuve que desistir a la mitad de la pieza, dado el ingente numero de espinas que poblaban sus entrañas. Sin embargo, cada noche, me sentaba en la playa y podía ver infinidad de luces a escasos kilómetros de la costa, fijas en el horizonte de un mar que resplandecía debido al fulgor de los rayos producidos por tormentas lejanas. La gran pesca extractiva a estas alturas, probablemente me ofreció la posibilidad de degustar el atún y el tiburón mas sabrosos que jamas he probado.



En cuanto a la fauna, volvió a sorprenderme la endemoniada cantidad de cuervos parasitarios que habitaban toda la zona. No solo carroñeros, también depredadores, pues fui testigo del relato que hacia una francesa, que contó espeluznada como un cuervo había atacado a un águila marina, matándola. Este molesto pájaro de mal agüero se encontraba por doquier, avisando constantemente de su presencia con sus graznidos. Sin embargo, no era el único, y por fortuna callaba al atardecer, dándole el relevo a otros de canto mas armonioso. En la playa pude ver pequeños grupos de gaviotas, además de ejércitos de grandes cangrejos amarillos que corrían despavoridos hacia el agua nada mas notar la presencia humana, volviendo a salir a espaldas del caminante. No había un resquicio de orilla libre de estos crustáceos.



Por lo demás, la naturaleza en Mararikulam se encuentra en un estado de paréntesis en cuanto al deterioro ambiental, a pesar de que Allepey, que dista tan solo 15 kilómetros, siga la corriente de la depredación y el consumismo indios. La cultura pesquera, los resorts de lujo playeros, y los famosos "Backwaters" contribuyen a conservar nimiamente este lugar, que aun permanece relativamente aejno al circuito del turismo de masas. Este delicado equilibrio podría romperse en cualquier momento. Pude ver nuevamente bastante cantidad de basura plástica, especialmente en los canales y en la playa, pero al menos aqui, varias personas se dedican a mantener mas o menos limpia esta ultima. Bastaba con movilizarse 4 kilómetros hacia el interior, y dar con la carretera N.H 47, para despertar violentamente de la tranquilidad del entorno y volver a la cruda realidad del trafico asfixiante, el ruido, la basura en las cunetas y los rótulos publicitarios invasores que deprimen a cualquiera.



No solo la tranquilidad y la naturaleza en Mararikulam son un pequeño reducto de paz inmerso en la vorágine capitalista que descompone este país, también sus gentes, nuevamente, volvieron a impresionarme por su humanidad, su gran corazón y sus sonrisas permanentes. El lugar hace a la gente y la gente hace el lugar, podría decirse. Este pueblo cristiano, devoto y generoso, apoyado en el sagrado pilar de la familia y del respeto hacia sus costumbres y tradiciones, parece ser tremendamente consciente de lo que esta ocurriendo a su alrededor. Los últimos 15 anos han transformado profundamente la región, y el destino, mas incierto que nunca, no parece demasiado alentador. Diana, la hija de mi anfitrión, parecía tenerlo claro, cuando hablando de este y otros temas relacionados, me sorprendió diciéndome que, a sus 19 anos, no tenia intención alguna de marcharse a ver mundo o de salir de su tierra natal. Quizá, esta sea una de las mejores ideas que puedan tenerse.




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Cruce de calles en Allepey


El fin de los días


Desde India, escribo, el fin de los días. Desde aquí, sumido en el desconcierto de la marea humana y la fiebre consumista, enfermo y desespero en un mundo sin salida. Las puertas se han cerrado, bloqueadas. El paraíso, anegado, ha dejado de existir, y solo ofrece destellos terminales de luz en un mundo que agoniza. Un mundo ahogado, fétido, revuelto. La tierra, descarnada, expoliada, envilecida, ardiente y humeante bajo los pies del hombre, amenaza ahora con quemarlo. El ser humano destruido, extinguido. Una pesadilla sepultada para siempre en los registros de la historia universal. La cuenta atrás ya ha comenzado. El hombre libre murió. Dejo de existir hace ya tiempo, cuando las ultimas tierras ajenas a su infame naturaleza fueron descubiertas y saqueadas. El espíritu del hombre esclavo y terminal, hace lo propio ahora, al tiempo que desaparecen sus hermanos los animales.


Perros callejeros husmean restos de comida entre la basura, en una barriada de Bangalore

Descansa pues en paz, hijo bastardo, o mejor aun,  mejor no descanses, consúmete en un mar de remordimientos y dudas. Sufre la culpa y la frustración, generada por tus acciones. Observa tu triste obra desde el cadalso, hiriente e inhumana o, tal vez humana? En cualquier caso, desalmada. Observa el reflejo de lo que eres, pero también de todo aquello que pudiste ser y jamas tuviste el valor de ser. No digas que no tuviste la oportunidad de cambiar las cosas. La naturaleza, sabia y eterna, todo te lo entregó. Y fue tal su ofrecimiento, tan magnánima su gracia y pura su condición, que te dio hasta su penúltimo aliento de vida. Mas no el ultimo, pues este lo uso para hacerte desaparecer, antes de volver a regenerarse, despertando así de un mal sueno que pronto fue olvidado...



De Bangalore a Cochin


Hace días que no publico. Tal vez porque la tecnología en este lugar, por fortuna, es aun de era mesozoica. Tal vez, porque me encuentro demasiado envuelto en una vorágine de encuentros, enriquecedoras experiencias y regocijantes sensaciones. Quizá sean ambas cosas o puede que ninguna de ellas. Pero siempre queda un momento y un lugar para el epilogo.

Llegue a Kerala hace apenas dos semanas, en un estado físico y mental deplorable, y fui a parar, como no, al peor de los purgatorios posibles: Cochin. Detrás dejaba Bangalore,  ciudad que apenas pude ver  de noche, y 14 horas de autobús en primera linea, pilotado por un experimentado y kamikaze conductor. Este, echaba la vista atrás con frecuencia, y me miraba muriéndose de la risa,  consciente de que mi animo y mi maltrecha espalda empeoraban cada 10 kilómetros, al tiempo que sorteaba, adelantaba u esquivaba cualquier cosa que se le pusiese por delante con extraordinaria pericia.




Me rio de la experiencia de cualquier conductor occidental. Si algún día llegamos a viajar con naves espaciales a traves de peligrosos campos de asteroides, sin duda serán manejadas por gente de esta raza. De tiempo en tiempo, paradas de 10 minutos en áreas de servicio y pueblos, intervalo temporal mas que suficiente para echar una cabezadita sobre el volante, y seguir ruta por el oscuro infierno de asfalto indio, a todo lo que daba el cochambroso trasto, y sin inmutarse un ápice. Bravo. Es todo lo que se me ocurrió y todo lo que le dije, estrechándole la mano en la oficina de la estación de Cochin.




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Las 5 de la mañana, y fui dulcemente despertado por el revisor, un entrañable y bajito personaje natural de Kerala, que se asemejaba mas a un duende mágico que a otra cosa. "Kochi, Sahib", pude escuchar aun entre sueños. Abrí pesadamente un ojo, y pude ver su inalterable y blanca sonrisa, que previamente había lucido durante todo el viaje,  trabajando como un negro y cobrando innumerables billetes a innumerables viajeros, que iban subiendo y bajando del autobús como hormiguitas, camino de esta ciudad, a la cual llegamos 50 minutos antes de lo previsto. Me incorpore penosamente, tras despegar mi piel del asiento, que debido al sudor y el peso,  había quedado perfectamente sellada a la mugrienta tapicería plástica. Dormí aproximadamente una hora, pero me habían parecido 8. Una vez incorporado, lo primero que pude ver, fue una gigantesca cucaracha marrón galopando a velocidad supersónica sobre las inmundicias del suelo. Definitivamente, estaba en el sur.




Fuera del autobús,  o dentro, lo mismo daba, oscuridad y un calor húmedo asfixiante. No sabia donde me encontraba, pero al igual que en múltiples ocasiones anteriores, me limite a echar a andar, confiando ciegamente en la providencia, que raramente me falla cada vez que me lanzo al vacio. Calles desiertas, palmeras, enredaderas, ratas, y una incipiente actividad humana, que a las dos horas comenzaba a ser febril, fue todo lo que vi. Olor a pescado podrido, fue todo lo que pude oler. La ciudad parecía haber quedado abandonada hacia meses, a juzgar por la increíble vegetación que asomaba por todas partes, con multitud de eriales y solares aparentemente abandonados en los que  esta enraizaba profusamente, y la rica variedad de cantos de pájaros tropicales. Todo ello me produjo un enorme bienestar, y  me hubiera quedado deambulando felizmente, si no hubiera sido por el peso de la mochila, el dolor de espalda y el cansancio acumulado, que comenzaban a avisarme seriamente de que necesitaba una cama. Dos horas tarde en encontrar un lugar donde caer finalmente derrengado, en el mismo corazón de la ciudad, la avenida principal y el meollo comercial de Ernakulam: La Avenida Mohadma Ghandi.




Debo reconocer que no disfrute de mi estancia en Cochín, y que fue verdaderamente penosa en ocasiones. Durante tres noches fui devorado por ejércitos de mosquitos, que parecían surgir de la nada en mi habitación. Por mucho que los matase, seguían apareciendo. Mis dolores de espalda no mejoraban, y mi animo rozaba limites de bajeza insospechados hasta entonces. Los precios, el doble que en el resto de la India. Tan solo salía del hotel para alimentarme, cual alimaña en búsqueda de su sustento diario. El resto del tiempo, lo pasaba enganchado al televisor engullendo películas. Afortunadamente, la amabilidad del encargado, un hombre que rozaba los sesenta, hizo mas amena mi estancia, enriqueciéndola incluso con momentos verdaderamente cómicos. Tenia la costumbre de quedarse dormido en todas partes, aunque principalmente lo hacia sobre el diván de recepción, colocando un despertador sobre el mostrador, que puntual, sonaba cada noche a las tres en punto de la mañana. Y puntual, mas de una vez tuve que incorporarme, y andar todo el pasillo para despertarle, pues afortunado este, su sueño era bien profundo y placentero.




Por lo demás, la ciudad es tan solo una copia barata del capitalismo occidental, que devora este pais royéndolo hasta los huesos. Carteles publicitarios invasivos y mareantes, trafico, ruido y contaminación insana, joyerías por todas partes, cadenas de comida rápida como Domino's Pizza o KFC. Todo absolutamente comercial, pero con la cutrez que caracteriza el "quiero y no puedo" del capitalismo indio, es decir: Olores nauseabundos provenientes de los canales de aguas fecales que fluyen a los lados de la calle y que se filtran a traves de las fisuras que dejan las grandes losas de piedra dispuestas sobre ellos, cableado sin soterrar y peligrosos generadores de energía a plena luz del día, desprovistos de vallas de aislamiento o incluso de paneles que los protejan del agua de lluvia. Un paraíso para el suicida eléctrico. Incluso, los maniquies en las tiendas tienen un aire siniestro y tétrico, sucios, cutres y estropeados. A pesar de todo, 5 días me absorbió este lugar, del cual experimente un gran alivio al alejarme.




Indian Railways


Aun recuerdo las palabras de Steve cuando le pregunte acerca de la comodidad de viajar en tren en la India.  "You,ll see...", me respondió sarcasticamente, al tiempo que improvisaba una mueca de mofa mirándome con sorna. Efectivamente, mas de 4000 kilómetros de vía férrea después, un servidor pudo experimentar lo que supone viajar en tren en este país, y puedo afirmar que a cualquiera que se marche de aquí sin haber degustado previamente las  inolvidables características de la Indian Railways Company, no puede considerársele el haber vivido o viajado en India.


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En primer lugar, las estaciones son un completo caos y merecen mención aparte. Solo en una estación de la India puedes ver motos circulando a toda velocidad por el anden, vacas cruzando las vías, perros vagabundos, mercaderes vendiendo fruta a grito pelado, ratas comiendo verdura podrida en carros abandonados y oscuros cucarachones correteando por todas partes, (Aquí las llaman "Pata"). Todo esto, sin contar con la cantidad de gente tirada por los suelos a todas horas, verdaderos campamentos humanos improvisados con ayuda de una tela y cuatro maletas, en cualquier rincón. Dejando a un lado estas inolvidables particularidades, la puntualidad y el orden en la llegada de trenes están fuera de toda duda. Ellos mismos están orgullosos del funcionamiento de sus sistemas, a pesar de estar atronando constantemente consignas y avisos por los altavoces de las mas de 7000 estaciones que existen desperdigadas por los 65000 kilómetros de vía férrea que fragmentan la geografía del país. No debe de ser fácil organizar el medio de transporte mas concurrido de India, en función de la increible demanda, el bajo presupuesto existente y los mas de 1000 millones de personas que viven aquí y se desplazan constantemente.




En el interior de los vagones, al menos en la clase Sleeper, los compartimientos están abiertos y se componen por unidades de seis camastros enfrentados, tres a cada lado, de los cuales los dos del medio son abatibles. Enfrente de cada uno, al otro lado del pasillo, hay otros dos camastros, el de abajo transformable en dos sillones. Hay 6 por cada vagón, y un total de 48 camastros. En el medio hay una ridícula mesita y también existen percheros metálicos dispuestos en cogollos de tres donde pueden colgarse bolsos, ropa u otros enseres. Las maletas y mochilas grandes, la gente las mete debajo del camastro de abajo, aunque debido a la existencia de bandas organizadas que se suben en las estaciones a robar ( los vagones andan abiertos todo el viaje, incluso circulando a cualquier velocidad), es preferible atarlos con cadenas, o dormir sobre los mismos.




La mugre y la suciedad, están a la orden del día, como en el resto de lugares. Lo primero que pude ver nada mas subir la primera vez en Haridwar, fue como unos niños mutilados y harapientos limpiaban con sus propias ropajes y arrastrándose por el suelo, todas las marranadas que en el había depositadas. Todo, a cambio de unas miseras rupias que pedían con insistencia. Las paradas en las estaciones, son igualmente insufribles, debido a su frecuencia y los ruidos de gente subiendo y bajando, gritos de vendedores que se pasean constantemente ofreciendo chais, samosas, pakoras, agua, fruta, patatas, pulseras, llaveros y demás mercaderías, pero sobretodo, debido al repugnante olor a letrina. No es de extrañar que en los baños del tren, este ultimo aspecto se encuentre debidamente indicado, ya que se ruega a los pasajeros no hacer sus necesidades en las estaciones o cuando el tren este parado. Como es lógico, todo va directamente fuera. Aun así, pude ver estupefacto, como un ejercito de mujeres empleadas de limpieza, regaban las vías con agua en la estación de Chennai, limpiando o tratando de limpiar, toda la porquería que allí se acumulaba. Afortunadamente, los viajes son tan largos, que  existe tiempo de sobra para acostumbrarse a las lindezas de los trenes indios..




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Varanasi, en las orillas del tiempo





Hace ya casi una semana que abandone la ciudad sagrada de Varanasi, a la cual llegue todavía enfermo desde Rishikesh, el primero de marzo. 5 días permanecí aquí, aunque hubiere deseado que la estancia se prolongase durante mas tiempo. Considero que esta ciudad fue un antes y un después del largo viaje que me ha traído hasta la India, donde tras dos semanas de deambuleo por el norte, conseguí por fin adaptarme a la realidad de este país. Varanasi no me defraudo en absoluto, pues si buscaba experiencias intensas las encontré y a raudales. Tampoco olvidare nunca las amistades que hice aquí, ni la apabullante hospitalidad de sus habitantes. Definitivamente adoro a este pueblo. Al mas mínimo atisbo de preocupación o tristeza, desamparo o problema, se ofrecen desinteresados para ayudarte, apoyarte u aconsejarte. Es imposible andar mas de 10 pasos sin encontrarte miradas afables y amistosas, lo cual a veces puede agobiar, pero a la larga se agradece. Es realmente impresionante la inteligencia emocional y el cultivo de la faceta espiritual que caracteriza a este pueblo. Tuve que declinar infinidad de invitaciones a cenas, comidas y alojamientos en sus hogares, por falta de tiempo y puro pudor. En occidente no estamos acostumbrados a un trato tan personal, cercano y familiar. Una verdadera lastima. Aquí, como siempre les digo, todo el mundo se ayuda y se apoya en lo que puede. Imposible ver a una persona tirada en el suelo o cualquier conflicto, sin que una muchedumbre se vuelque al instante con la intención de solucionar cualquier problema que se precie.




En el tren, Steve y yo conocimos a Sabine, una francesa que soportaba estoica y pacientemente los arrebatos sexuales de un inspector de policía que viajaba en nuestro vagón, y a Katherine y Nikita, una joven pareja alemana de una calidad humana fuera de lo común. Juntos y unidos como una piña, emprendimos el viaje hacia ese universo incierto de Varanasi, en el que la vida y la muerte parecen fluir entremezcladas con armonioso sosiego y crédula amistad. 


Tras una primera noche de toma de contacto en Vishnu Guest House, Steve, Sabine y yo conseguimos alojarnos en casa de Santos, un correoso y serio personaje, que regenta un cafe en Bengali Tohla, la callejuela principal de la ciudad antigua. Nada como la hospitalidad de un hogar indio. Sabedor de mis problemas intestinales, no me dejo probar otra cosa que no fuese arroz hervido, curd y bananas durante 48 horas. El hombre, destina todos los ahorros en pagar los estudios de su bella hija mayor, Jyoti, nombre que lleva el propio café. Afortunadamente tuvimos oportunidad de pernoctar en la cuarta planta del edificio, donde tan solo los macacos nos despertaban bien entrada la mañana, saltando por los techos y trepando por las ventanas,  estas ultimas bien provistas de rejas, por entre las cuales introducían las manos y jugueteaban con las cortinas de la habitación. 




Volvió a impresionarme la enorme cantidad de perros, vacas y monos que abundaban por todas partes. Los primeros, dormidos y atolondrados durante el día, parecían librar batallas territoriales por la noche, a juzgar por los temibles gemidos y persistentes ladridos que llegaban a nuestros oídos. Pronto caí en la cuenta, de que si bien el día pertenecía a los hombres, la noche era propiedad del reino animal. Al menos, a uno le proporciona cierto alivio comprobar con que respeto se trata a los animales aquí. Me recordó mi estancia en Atenas, donde los perros andaban igualmente sueltos y libres. Aun recuerdo la imagen de 4 de ellos ladrando al trafico, apostados en un paso de cebra en la plaza de Sintagma, escenario estos últimos tiempos de revueltas y violentos altercados contra el sistema. En contrapartida, en ciudades como Madrid, un perro sin dueño o sin chip, tiene las horas de libertad y los días de vida, contados.




Como es lógico, no podíamos irnos de Varanasi sin navegar el rió sagrado de Shiva, para lo cual escogimos uno de los momentos mas sagrados y bellos del día: La puesta de sol. Asistir desde el agua, debidamente avituallados con todo lo necesario para este tipo de experiencia, a la Puja sagrada y a las cremaciones en los Ghats, todo ello bañado por la increíble música y el sonido que emana de una de las ciudades mas antiguas del mundo, es una emotiva experiencia imposible de relatar. Era como estar viviendo en otro siglo, en otro tiempo. Sencillamente, fue uno de esos momentos que te vienen atropelladamente a la memoria justo antes de morir.






Esa misma tarde, acudimos previamente al Ghat principal, donde se queman alrededor de 400 cadáveres diarios, con la ayuda de madera de sándalo. Resulta bastante impactante ver cuerpos humanos arder la primera vez, pero mas impactante aun es el ver la tranquilidad y la paz con la que se realizan estas peculiares incineraciones, y como algunos hombres remueven los fuegos con largas canas de bambú, como si se tratase de una enorme cocina improvisada a orillas del río donde se preparasen costillas a la brasa. Mas tarde, uno comprende que se trata de algo natural, y que al menos les queman con flores y hermosos vestidos, envueltos en una sobrecogedora atmósfera de rito y tradición, mientras a nosotros nos queman en una triste y metálica incineradora. No obstante, el olor a carne quemada, el bochorno, y la propia ceniza calléndonos sobre la cabeza, termino por ahuyentarnos del lugar.




Al día siguiente, cruzamos a la otra orilla del río, y decidimos aventurarnos en las campiñas que rodean la ciudad. Caía la noche, pero no nos importaba. Llevabamos velas. Tras andar un par de kilometros, llegamos al limite de la civilización. Allí solo se oían grillos y había nubes de mosquitos sobrevolando nuestras cabezas. Rodeados por agrupaciones de palmeras, en medio de plantaciones de arroz, nos sentamos en un pequeño campo en barbecho y esperamos la caída de la noche. Poco después, nos acercamos a una cabaña que había en los alrededores donde vivía un baba, que cocinaba tranquilo sus chapatis bajo un inmenso cielo estrellado. Dos días después, nuestros destinos se separarían, y el sueno de Varanasi se evaporaría como el agua en el tiempo. Sabine se fue a Agra, Nikita y Katherine a un centro de meditación en Kerala, Steve marchó a  recorrer sendas nepalíes, y yo me dirijí hacia Bangalore.


Aquí no las tose ni Dios...

Rishikesh


Como ya me habían advertido, Rishikesh es un lugar potencialmente turistico, catedral del yoga, la meditación y la medicina ayurvédica, entre otras disciplinas orientales. Tambien, ciudad libre de alcohol y estrictamente vegetariana, entre otras muchas particularidades. Por lo tanto, tampoco me sorprendió encontrarme callejuelas y bazares rebosantes de europeos occidentales, muchos de ellos semi-residentes aquí, inmersos en cursos, lecturas y estudios en diferentes ashrams, probablemente en búsqueda de una mayor apertura espiritual o una solución o escape a sus posibles quebraderos de cabeza y preocupaciones. Si algo me incomoda, no solo a mi, sino a muchos otros que no nos dejamos embaucar con facilidad por falsos gurús, mitos y religiones, es esa tendencia que tienen algunos ciudadanos del primer mundo en mimetizarse de forma excesiva y absurda con una cultura que no es la propia, adoptando maneras, costumbres y vestimentas que nada tienen que ver con sus lugares de procedencia. Hoy mismo, tuve la ocasión de ver como una pareja de vascos treintañeros bañaban heroicamente a su hijo pequeño en el Ganges, cuando a escasos metros desembocaba un riachuelo de porquería, arrastrando plásticos y enseres de todo tipo. Sin duda, no deben de ser conscientes del riesgo que corren, o de que sus organismos no se encuentran inmunizados como el de los nativos ante la cantidad de bacterias o incómodos parásitos a los que se exponen. Quizá si lo sean, y sea esta su forma de encontrar la peculiar purificación que sus almas precisan. El Ganges sera un río sagrado, pero en cualquier caso, sigue siendo un río contaminado, no apto para turistas. Al menos, no en estas latitudes.


El Ganges, a la altura del Laksman Jhula Bridge, el segundo puente de la ciudad.


Afortunadamente, tras caminar unos cuantos kilómetros y comprobar que todos los Guest Houses se encontraban saturados, logramos topar con el Ananda Guest House, donde por 150 Rp por barba, precio irrisorio, descansamos en un lugar limpio y libre de ruidos. La ciudad se encuentra llena de vacas pedigüeñas,  perros y también otra variedad de monos, los lemures, mucho menos agresivos y mas inteligentes que los macacos Rhesus o comunes (Macaca Mulatta) que he podido ver por toda la India, aunque estos últimos también se encuentran en enormes cantidades en este lugar. Ayer mismo, uno de gran tamaño trato en repetidas ocasiones de robarle la comida a un turista y a una mujer india. Son ladrones y pendencieros, y saltan de un lugar al otro con enorme agilidad, a veces sobre vallas y carteles metálicos, ocasionando gran estruendo y sobresalto entre los viandantes. Tampoco les gusta que se les observe mientras copulan o se desparasitan entre ellos, y atacan sin dudarlo, como he podido comprobar hoy en el puente Laksman. Una joyita de animal.



Pero si algo me ha sorprendido, es la cantidad de Sadhus que se encuentran por estas latitudes. Ayer decidí darme un garbeo a orillas del río, en el lado de la colonia turística en la que nos encontramos, y me tope con varios de ellos sumidos en sus quehaceres cotidianos: lavado, peinado de melena, juego de parchís o tomando chay tranquilamente, en sus improvisadas viviendas bajo los locales de la calle comercial. 




Tras intercambiar unas pocas miradas, fui invitado a sentarme en su campamento, así que compre unas galletas y me senté a su lado. Estuvimos hablando durante una hora aproximadamente, acerca de temas de actualidad y de los problemas a los que se enfrenta la raza humana en este planeta. Trabe especial amistad con unos de ellos, bastante joven e inteligente, que me pregunto interesado si me consideraba católico. Le respondí que en absoluto, que no era amigo de las religiones, que estas solo separan a los pueblos creando enormes desigualdades y conflictos por todo el mundo. Lo que me sorprendió fue su reacción, pues pensaba lo mismo que yo, y ambos coincidimos en que cada hombre puede tener su propio concepto de dios profesando tolerancia y respeto, sin imposiciones de ningún tipo sobre sus semejantes. Le explique que yo encontraba a dios en la naturaleza, y que esta se encuentra en grave peligro a causa del capitalismo depravado que domina nuestras existencias.




Les pregunte acerca de un hombre de unos 60 anos, que parecía agonizar y que se encontraba a escasos metros de nosotros, profiriendo gemidos de dolor y envuelto en una nube de moscas. Solo supe que estaba enfermo y que llevaba varios días en ese estado, probablemente esperando a la muerte. Uno de ellos señalaba al cielo y después al río, sin embargo les pregunte si allí también tenían la costumbre de arrojar los cadáveres al río, como en Varanasi, y respondieron que no. 




Fuere lo que fuere, esta gente no dispone de bienes o dinero, y el destino de aquel enfermo estaba claro. Reciben lo que la gente les ofrece, y tienen derecho a una comida que dispensa una cocina cercana a nuestro albergue. Tuve ocasión de grabar la procesión de gente que acude a este lugar, donde les sirven un misero cucharón de comida. La estampa me hizo recordar cualquier comedor de los campos de concentración, vistos en cine o documentales de la segunda guerra mundial.





Por lo demás, sigue sorprendiéndome la cantidad de basura que hay desparramada por todas partes, en infinidad de vertederos que aparecen en barrancos, prados y cunetas. Solo espero que este pueblo encuentre pronto una solución para este grave problema. Es con los monzones, a partir de mayo, cuando la lluvia limpia la atmósfera y arrastra toda la basura de la India (la no quemada), hacia el mar. Fotos como las del río Yamuna o Ganges en los meses de verano, rebosantes de una masa de desechos en suspensión que en ocasiones impiden ver el agua, hacen comprensible que exista un continente de basura plástica flotando al norte del océano pacifico.






A veces pienso que este pais esta para cogerlo con los dedos y meterlo integramente en un balde con lejia.

De Rewalsar a Rishikesh: El infierno gris


Pasándolas putas, debería de ser el titulo de esta entrada, a tenor de la odisea que tuvimos que pacientemente padecer Steve y yo durante los días 24 y 25. "That is India!", repetía mi aguerrido compañero, cada vez que me oía resoplar de cansancio o quejarme con razón, a causa del frío, la fatiga acumulada y la rabia y la desesperación por horas, tiempo y dinero perdidos. En efecto, así es India, insólita, impredecible, para bien o para mal, siempre sorprendente. Un país caótico, que en ocasiones puede convertirse en la peor pesadilla posible. Por lo tanto, mejor tomarse los acontecimientos con filosofía, porque en esta tierra todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Dicho esto, y antes de empezar a narrar nuestras peripecias, debo reconocer que sin la compañía y el apoyo moral de este veterano trampero de Idaho,  que a pesar de rondar los 60, aun es capaz de trepar las cumbres mas elevadas del planeta, el viaje hubiere resultado ciertamente muy diferente.


Rewalsar


Pasadas las 3 de la tarde del día 24, salimos apresuradamente de Rewalsar, no sin antes despedirnos efusivamente de todos los amigos que inevitablemente conoces, y quedan atrás.  Nuestra intención pasaba por coger un autobús en Mandi, "(Ordinary Bus, o el mas barato), dirección Chandigarh, para después tratar de conseguir un tren hacia Varanasi. Todo un suicidio, sin plazas de tren reservadas, pero debíamos esperar hasta el 29 para hacernos con dos billetes en clase "sleeper", y no nos daba la gana esperar tantos días, literalmente. Nuestra esperanza, pasaba por aplicar al "Tat-Cal", una especie de método que consiste en acudir pronto a cualquier estación de tren, poner cara de europeo autoritario, y pagar algo mas a cambio de alguna reserva cancelada. Según mucha gente a la que preguntamos, este método funcionaba.

Lo primero era llegar a Mandi, y para ello, nos subimos a un bus local (27 rp), de una hora de trayecto, que bajaba por las montanas atravesando un agradable paisaje compuesto de pinares y salpicado, aquí y allá, por granjas de carácter agreste y familiar. Niños volviendo del colegio y entrañables y simpáticos viejecillos, constituyeron el pasaje del viaje. Al llegar a Mandi, de nuevo tuvimos que enfrentar el caos y la muchedumbre típicos de la India. Nos dirigimos rapidamente a la estacion local, con la intención de reservar nuestros billetes en el "Ordinary Bus". Este colectivo se diferencia del Semi-Sleeper Deluxe Volvo, habitado por cucarachas y con asientos reclinables que cogimos de Delhi a Rewalsar, en primer lugar, por ser un Tata  metálico cochambroso, y en segundo, porque es el autobús de la plebe, no hay asiento reservado, y frecuentemente debes viajar de pie, además de aguantar las innumerables paradas que realiza en pueblos y ciudades. La distancia parecía corta, 190 km, y el precio, asequible, 210 rupias por cabeza. Nos las prometíamos felices, inocentes como párvulos, pero todo el castigo físico y psicológico cayó sobre nuestras animas con  fulgurante estrépito. 7 horas a traves de montanas rebosantes de ruidosos Tata, curvas interminables, baches demoniacos que te hacian galopar sobre el asiento, paradas en mugrientas áreas de servicio con olor a orín, empujones, gente subiendo y bajando, y todo el polvo y la contaminación nacional entrando constantemente por las ventanillas, constituyeron el menú principal del viaje.

Finalmente, alrededor de las 10 de la noche, fuimos depositados como estrujados desechos, en la estación de Chandigarh, ciudad, según el lavandero de Rewalsar, de las mas limpias y bellas del norte de la India. Nosotros solo vimos casuchas, ínfimas viviendas, chiringuitos y pseudo-talleres de pacotilla, sumidos en la más absoluta y polvorienta oscuridad. Daba la sensación de estar entrando en Madrid por cualquier carretera del sur de la ciudad, con la única diferencia de ser 10 veces mas cutre. Nada mas bajar del autobús, fuimos alcanzados por una horda de buitres famélicos de rupias, que nos asediaron picoteándonos los oídos durante varias decenas de metros, ofreciéndonos rickshaws, hoteles y cualquier cosa inimaginable que no pudimos entender. Cansados y agobiados, salimos espantados de la zona, y tras preguntar en un par de hoteles, finalmente supimos que la estación de tren se encontraba a 8km del centro, así que los buitres se salieron con la suya, y negociamos por 80 rp el trayecto, al que se suponía, ilusos de nosotros, debía de ser nuestro penúltimo destino antes de aterrizar en Varanasi.

La estación de tren de Chandigarh, es un reflejo mas de lo que es India. Gente tirada por todas partes, apesadumbrados algunos, adormilados los otros, perdidos los todos. Nos acercamos temerosos a una de las ventanillas, haciendo una cola de tres personas, que se convirtió en una de 10, debido a las intromisiones de varios tipos que, seguramente, conocedores de nuestra dubitativa y errática apariencia, no dudaron ni un segundo en saltarse el turno, deslizándose como maliciosas serpientes ante nuestra cansada y permisiva mirada. Porfin nos atendieron, y no entendíamos una palabra de lo que el pasivo funcionario nos explicaba con desgana. Entretanto, la gente seguía llegando a raudales, comprando billetes como si nada. Decidimos cambiar de garita, y esta vez si, un tierno y avezado indio, que se asemejaba a un pitufo, consiguió explicarnos, tras 5 intentos fallidos, que la única opción posible era una conexión con Mughalsarai, a diez kilómetros de Varanasi, y un cambio de tren para el final del trayecto, habiendo plazas disponibles en 2AC (segunda clase aire acondicionado), por 1340 rp. Bastante caro, pero sonaba bien, dado nuestro lamentable estado. Además, el tren pasaba a la 1 de la madrugada, y por fin, podríamos descansar. Muy amablemente, y dándonos un trato de favor inusual, nos invito a acceder a la oficina, donde nada mas entrar, pudimos ver divertidos como una rata gigante se escondía debajo de unos armarios. Ya estabamos sentados y con el dinero encima de la mesa, cuando el pobre hombre se percato de que solo había una plaza disponible. Las opciones pasaban pues por esperar en la estación hasta las 7, para hacer cola en un edificio anexo que abría a las 8, y tratar de encontrar un par de billetes, aunque fuera, sentados en quinta clase ( hay cinco: 1ac, 2ac, 3ac, sleeper o la mas asequible, y la ultima, para la gente sin posibles, es decir, la inmensa mayoría).

Lo que a continuación vino esa noche, fueron 6 horas interminables de frío, deambuleo constante por el anden, y agotamiento creciente. Tratamos por dos veces (la segunda con éxito, la primera fuimos invitados amablemente a salir), de refugiarnos en el cuarto de espera de mujeres "ladies waiting room for sleeper class", que estaba felizmente vacío. Si alguien se pregunta porque no optamos por el de los  hombres, fue por un claro motivo de salud: Visto desde fuera, parecía atractivo, tan solo 3 o 4 indios con apariencia de estar semidrogados o semi-inconscientes, se encontraban tumbados en su interior. Nada mas asomar el hocico, comprendimos el estado de envenenamiento de aquellas pobres víctimas, pues un insoportable hedor a pies y orina concentrada, dominaba toda la atmósfera interior. Imposible permanecer mas de un minuto allí dentro, sin morir intoxicado.

En la sala de espera de mujeres, las cosas eran muy distintas, no olía a espanto, pero si helaban sus metálicos bancos, donde nos recostamos como pudimos mientras el frío penetraba indefectiblemente por nuestros riñones. Con sana envidia, pude oír a Steve roncar. Yo, personalmente creo que dormí unos 10 minutos, entre las 5 y las 6 de la mañana. Antes de eso, me pregunte varias veces quien demonios me mandaba a mi haber salido de la apacible tranquilidad del monasterio de Rewalsar, para sufrir de este modo semejantes penurias, mientras escuchaba con empatía los gemidos y las quejas de una chica india que se encontraba sentada enfrente, acompañada por su paciente novio. Finalmente, recordé las palabras de Osho, y aprendí a disfrutar de las tribulaciones, no me quedaba otra.

Alrededor de las 6, abrí los ojos con escozor, y comprobé que la habitación se habia llenado de gente. Una mujer organizaba sus trastos, cacerolas y cachibaches justo debajo de mi banco. Me sentí culpable de estar ocupando tres plazas, y me incorpore de inmediato. Tenia los pies helados y la espalda molida. Pronto pude darme cuenta de que en el suelo se estaba mucho mejor, y muchos habían improvisado una especie de jaima árabe, donde descansaban familias enteras y parejas. Al poco tiempo Steve se despertó. Pudimos comprobar que se hacia de día. Un día oscuro y grisáceo, triste. No eran las nubes, me explico Steve, experto en estudios de impacto medioambiental y biólogo ya jubilado, aunque no hacia falta demasiada aclaración, si se respiraba minimamente el aire en nuestro derredor. Toda la India se encuentra en el mismo medioambientalmente ruinoso estado. Imposible ver un cielo despejado, no solo en las ciudades, sino en cualquier parte. La polución reina con descaro en todos los lugares. No es de extranar, pues no solo la mayoria de los motores se encuentran fuera de toda normativa ambiental, sino que esta gente, quema absolutamente todo, y la mayoría de los desechos, son plásticos. "They are killing themselves", me decía Steve con alegre resignación. Nada mas lejos de la realidad, ambos coincidimos en que la ausencia de consciencia y entendimiento, están conduciendo a este pueblo a su propio suicidio ecológico y ambiental. Sin lugar a dudas, triste, pues ni siquiera pueden preocuparse de estos asuntos, liados como están en vender sus naranjas, plátanos y mercaderías a cualquiera que se precie. Plátanos y naranjas, frutas de todo tipo, y arboles siempre grises y mortecinos, cubiertos de una espantosa capa de muerte en polvo.

Tras estas penosas reflexiones, salimos al exterior con bastante desasosiego, camino del edificio donde deberíamos pelear por dos pasajes en Tat-Cal. El día era frío, y oíamos cuervos graznar a la muerte por encima de nuestras cabezas,  posados sobre los eucaliptos de los alrededores del parking de la estación. A escasos metros, se alzaba humildemente el pequeño edificio que debía albergar a los descarriados que, como nosotros, necesitaban un pasaje. Aun quedaban 40 minutos para que abriese, y ya eramos unos 50, arremolinados alrededor de la puerta. Entre gritos, empujones y alguna que otra pelea, entraron los funcionarios de la Indian Railways. A menos diez, una terrible nube de humo toxico llego de unas praderías cercanas. Sin duda era plástico. Ahogados, metimos la cabeza dentro de las camisetas, tratando de respirar sin intoxicarnos en el intento. Los indios, impasibles, solo permanecían atentos a las puertas, sin importarles un pimiento que lo que estaban respirando, era letal. A las 8 menos cinco estas se abrieron, y en avalancha entramos todos. Yo delegue en Steve, consciente de que su ingles era mejor que el mio,  y solo me apoye destruido sobre un muro, mientras pude oir como le contestaban con negativas. Desesperados, tiramos los formularios al suelo y salimos a la calle, o al infierno, según se mire. Fuera, la vida ya habia empezado, otro día mas, en India. Autobuses, gente, mucha gente, ruido, pitidos de claxon. El viaje, por lo suelos. Sin opciones de tren, el sueno de India se evaporaba, en un país cuyas distancias son enormes y cuyas carreteras son execrables.

Sin ilusión y sin fuerzas para apenas pensar, decidimos coger un autobús direccion Rishikesh, en el caso de Steve, y dirección Mandi y Rewalsar, en el mio propio. Otras 8 horas por delante de infernal autobús, a pesar de llevar 30 horas sin pegar ojo, pero no me importaba con tal de llega a Rewalsar y que me dejaran en paz de una vez por todas, en compañía de mis amigos, los monos,  los perros y  los templos tibetanos. Para mayor desgracia nuestra, en Chandigarh existen dos estaciones de autobús, pero nuestro desconocimiento hizo que nos dirigiésemos a la incorrecta, que a la postre resultaría la correcta, debido al afortunado error de un funcionario sij que nos redirigió a la incorrecta. Todo bastante complicado, pero su error hizo que una especie de angel de la guarda nos ayudase.




Su nombre, Malik Sandeep, policía de la estación de autobuses norte de Chandigarh y profesor de Kickboxing. 27 anos, mujer y una nina pequena que pronto cumpliría un ano de edad. Una persona desinteresada, cristalina, amante de su trabajo y de enorme corazon. Este hombre nos salvo de la máxima frustracion. Como siempre suele ocurrir en la vida, cuanto mas oscuro sea un túnel, mas lucida sera la luz que lo ilumine. En poco mas de media hora, no solo teníamos nuestro billete de tren hacia Varanasi, sino los de todo el viaje: Mumbai, Goa y Delhi. Cuatro trayectos por 1400 rupias, unos 20 euros. Sorprendidos, aunque demasiado agotados para caer en la cuenta de semejante golpe de suerte, nos bebimos un chay caliente los tres en la avenida principal, al cual nos invito. Tras intecambiar correos, direcciones y efusivos abrazos con este singular tipo, caímos felices y rendidos en otro autobús camino a Rishikesh (170rp). Otras 7 horas, también sin dormir, en otro colectivo ordinario y abarrotado, con música india atronadora, control anti-alcohol incluido, humo, polvo, miseria y decadencia visual gratis por las ventanillas. Podría haberme quedado dormido de pie, pero lo hice, involuntariamente, apretujado entre la ventanilla y un indio que viajaba acompañado por su novia, apretujada a su vez por otra chica, apretujada a su vez por otra gente. Mientras, Steve dialogaba animado con una gruesa mujer, profesora, según nos dijo, de un colegio en Haridwar. En caso de accidente, seriamos carne picada para medio país, entre amasijos de hierro y porquería. Ya nada nos importaba. A las 9 de la noche, tras casi dos dias sin ver la cama, aun tuvimos fuerzas para rechazar 3 guest house que carecían de ducha, salir a cenar, y gastar interminables bromas en Haridwar. Al día siguiente, ya descansados, cogimos otro autobús, uno mas, dirección Rishikesh. El viaje, estaba salvado..pero, That's India!!!


Rewalsar


Tras 10 horas de infernal traqueteo en un autobús plagado de cucarachas, y de no pegar ojo por carreteras infestadas de camiones y furgonetas multicolores con el claxon a todo trapo, llegamos a Mandi a eso de las 5 de la madrugada, a tiempo de tomar un Masala Chay bien caliente. Poco después tomamos otro bus que nos subió por las montanas hasta Rewalsar, donde finalmente termino el viaje, media hora antes de que amaneciese, y a tiempo para asistir a una impresionante ceremonia budista en este maravilloso templo, a orillas del lago que da nombre a este pueblecito de Himachal Pradesh.




El frío en estas latitudes se deja notar, pero un servidor, ajeno a las inclemencias climáticas del lugar, abandono el calor del templo antes de lo previsto y aprovecho de este modo que ya era de día para fotografiar la zona. La tranquilidad y el silencio que envuelven esta población de apenas 1500 habitantes es notorio, si lo comparamos con el estresante bullicio de Delhi. Sobre las 7 de la mañana pude ver asombrado como una multitud de afables y carismáticas personas se dirigían con calma y devoción hacia los diferentes templos de Rewalsar, al tiempo que los monos empezaban a dejarse ver por los alrededores, colgados de las ramas de los arboles y devorando cualquier semilla o fruto caído de los mismos. 



Finalmente, tras deambular un rato, encontré alojamiento en el Hotel Lotus, donde una resuelta y amable mujer tibetana me ofreció tres noches a un precio razonable de 1200 rupias, tras arreglar algunos problemillas con el calentador del agua y alguna que otra bombilla fundida.




Rewalsar es una encrucijada de 3 religiones, hinduista, sinkhista y budista, y uno de los destinos de peregrinación mas importantes de todo el norte del país, pero todo eso pierde importancia significativa, si nos  fijamos únicamente en la bondad de sus gentes, y la belleza de sus rostros. Aquí el tiempo parece haberse detenido, y este emblemático asentamiento conserva aun toda la pureza que caracteriza su increíble esencia.




Al día siguiente por la mañana decidí ascender las colinas que circundan la población, con objeto de poder contemplar la cordillera del Himalaya. El día estaba cubierto y la travesía no fue especialmente complicada, a pesar de cierto bochorno.  Antes de emprender la marcha, me detuve un rato seducido por los "gongs" que procedían de uno de los múltiples templos del pueblo. El camino asfaltado esta frecuentemente transitado por camiones y coches, y discurre a través de un bosque de pino, donde campan a sus anchas monos y cabras, así como pájaros salvajes que me fue imposible identificar.























Para terminar y reponer fuerzas,  nada como un suculento Than Thuk de verduras tibetano, cocinado con  amor por la mujer del Topchen restaurant, a un modico precio de 50rp.




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Celebración de año viejo tibetano