domingo, 6 de mayo de 2012

De Bangalore a Cochin


Hace días que no publico. Tal vez porque la tecnología en este lugar, por fortuna, es aun de era mesozoica. Tal vez, porque me encuentro demasiado envuelto en una vorágine de encuentros, enriquecedoras experiencias y regocijantes sensaciones. Quizá sean ambas cosas o puede que ninguna de ellas. Pero siempre queda un momento y un lugar para el epilogo.

Llegue a Kerala hace apenas dos semanas, en un estado físico y mental deplorable, y fui a parar, como no, al peor de los purgatorios posibles: Cochin. Detrás dejaba Bangalore,  ciudad que apenas pude ver  de noche, y 14 horas de autobús en primera linea, pilotado por un experimentado y kamikaze conductor. Este, echaba la vista atrás con frecuencia, y me miraba muriéndose de la risa,  consciente de que mi animo y mi maltrecha espalda empeoraban cada 10 kilómetros, al tiempo que sorteaba, adelantaba u esquivaba cualquier cosa que se le pusiese por delante con extraordinaria pericia.




Me rio de la experiencia de cualquier conductor occidental. Si algún día llegamos a viajar con naves espaciales a traves de peligrosos campos de asteroides, sin duda serán manejadas por gente de esta raza. De tiempo en tiempo, paradas de 10 minutos en áreas de servicio y pueblos, intervalo temporal mas que suficiente para echar una cabezadita sobre el volante, y seguir ruta por el oscuro infierno de asfalto indio, a todo lo que daba el cochambroso trasto, y sin inmutarse un ápice. Bravo. Es todo lo que se me ocurrió y todo lo que le dije, estrechándole la mano en la oficina de la estación de Cochin.




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Las 5 de la mañana, y fui dulcemente despertado por el revisor, un entrañable y bajito personaje natural de Kerala, que se asemejaba mas a un duende mágico que a otra cosa. "Kochi, Sahib", pude escuchar aun entre sueños. Abrí pesadamente un ojo, y pude ver su inalterable y blanca sonrisa, que previamente había lucido durante todo el viaje,  trabajando como un negro y cobrando innumerables billetes a innumerables viajeros, que iban subiendo y bajando del autobús como hormiguitas, camino de esta ciudad, a la cual llegamos 50 minutos antes de lo previsto. Me incorpore penosamente, tras despegar mi piel del asiento, que debido al sudor y el peso,  había quedado perfectamente sellada a la mugrienta tapicería plástica. Dormí aproximadamente una hora, pero me habían parecido 8. Una vez incorporado, lo primero que pude ver, fue una gigantesca cucaracha marrón galopando a velocidad supersónica sobre las inmundicias del suelo. Definitivamente, estaba en el sur.




Fuera del autobús,  o dentro, lo mismo daba, oscuridad y un calor húmedo asfixiante. No sabia donde me encontraba, pero al igual que en múltiples ocasiones anteriores, me limite a echar a andar, confiando ciegamente en la providencia, que raramente me falla cada vez que me lanzo al vacio. Calles desiertas, palmeras, enredaderas, ratas, y una incipiente actividad humana, que a las dos horas comenzaba a ser febril, fue todo lo que vi. Olor a pescado podrido, fue todo lo que pude oler. La ciudad parecía haber quedado abandonada hacia meses, a juzgar por la increíble vegetación que asomaba por todas partes, con multitud de eriales y solares aparentemente abandonados en los que  esta enraizaba profusamente, y la rica variedad de cantos de pájaros tropicales. Todo ello me produjo un enorme bienestar, y  me hubiera quedado deambulando felizmente, si no hubiera sido por el peso de la mochila, el dolor de espalda y el cansancio acumulado, que comenzaban a avisarme seriamente de que necesitaba una cama. Dos horas tarde en encontrar un lugar donde caer finalmente derrengado, en el mismo corazón de la ciudad, la avenida principal y el meollo comercial de Ernakulam: La Avenida Mohadma Ghandi.




Debo reconocer que no disfrute de mi estancia en Cochín, y que fue verdaderamente penosa en ocasiones. Durante tres noches fui devorado por ejércitos de mosquitos, que parecían surgir de la nada en mi habitación. Por mucho que los matase, seguían apareciendo. Mis dolores de espalda no mejoraban, y mi animo rozaba limites de bajeza insospechados hasta entonces. Los precios, el doble que en el resto de la India. Tan solo salía del hotel para alimentarme, cual alimaña en búsqueda de su sustento diario. El resto del tiempo, lo pasaba enganchado al televisor engullendo películas. Afortunadamente, la amabilidad del encargado, un hombre que rozaba los sesenta, hizo mas amena mi estancia, enriqueciéndola incluso con momentos verdaderamente cómicos. Tenia la costumbre de quedarse dormido en todas partes, aunque principalmente lo hacia sobre el diván de recepción, colocando un despertador sobre el mostrador, que puntual, sonaba cada noche a las tres en punto de la mañana. Y puntual, mas de una vez tuve que incorporarme, y andar todo el pasillo para despertarle, pues afortunado este, su sueño era bien profundo y placentero.




Por lo demás, la ciudad es tan solo una copia barata del capitalismo occidental, que devora este pais royéndolo hasta los huesos. Carteles publicitarios invasivos y mareantes, trafico, ruido y contaminación insana, joyerías por todas partes, cadenas de comida rápida como Domino's Pizza o KFC. Todo absolutamente comercial, pero con la cutrez que caracteriza el "quiero y no puedo" del capitalismo indio, es decir: Olores nauseabundos provenientes de los canales de aguas fecales que fluyen a los lados de la calle y que se filtran a traves de las fisuras que dejan las grandes losas de piedra dispuestas sobre ellos, cableado sin soterrar y peligrosos generadores de energía a plena luz del día, desprovistos de vallas de aislamiento o incluso de paneles que los protejan del agua de lluvia. Un paraíso para el suicida eléctrico. Incluso, los maniquies en las tiendas tienen un aire siniestro y tétrico, sucios, cutres y estropeados. A pesar de todo, 5 días me absorbió este lugar, del cual experimente un gran alivio al alejarme.




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